sábado, 1 de octubre de 2011

EL NEGOCIO DEL MATRIMONIO


TÍTULO: EL NEGOCIO DEL MATRIMONIO
AUTOR: Paula Szuchman y Jenny Anderson
RESUMEN DEL LIBRO
Todos andamos escasos de tiempo, energía, dinero y libido. En un mundo de recursos tan limitados, ¿cómo sacar adelante una empresa tan compleja como el matrimonio? Paula Szuchman y Jenny Anderson tienen la respuesta: aplicando las soluciones lógicas y desapasionadas de la economía a un terreno tradicionalmente dominado por la irracionalidad, la falta de lógica y la emoción.

El camino más corto hacia la felicidad conyugal, afirman las autoras, pasa por aprender algunos principios básicos de economía, como por ejemplo, pensar en términos de costes y beneficios. Si te estás planteando, pongamos por caso, irte de vacaciones con tus amigos, analiza antes el precio a pagar: una esposa enojada, unos hijos añorados, un crédito que arrastrarás varios meses... O recuerda otro principio básico de la economía: a mayor oferta, mayor demanda. Un encuentro sexual rápido e improvisado (un sexo asequible en términos de tiempo y energía) te reportará más beneficios a la larga que aguardar tres semanas a que llegue la gran ocasión.

¿Te has planteado que tras muchas de tus discusiones conyugales puede ocultarse otro principio económico, el de la aversión a la pérdida? Cuando estés inmerso en una disputa, detente y espera a que los ánimos se hayan enfriado. A veces, empeñarse en ganar a toda costa no es lo más inteligente.

También puedes aprender de los grandes empresarios a no pecar de exceso de confianza. Invierte diariamente en tu negocio: tu matrimonio . Jamás des las cosas por sentadas o pienses que tu relación está libre de fracasar.

¿Y cuáles son los beneficios de aplicar la sabiduría de los grandes pensadores de la economía a tus relaciones? Disfrutar del sexo más a menudo, sobrevivir a las crisis, ser capaz de negociar mejor, lavar menos platos y, lo creas o no, conseguir que tu pareja haga cosas que nunca ha hecho, como limpiar el baño. O escuchar.

Primero la economía, luego el amor. Gracias a la economía, desmitificarás de una vez por todas las diferencias inevitables que surgen en el matrimonio, y conseguirás que la relación sea más satisfactoria para los dos.
Fuente: El negocio del matrimonio
Anoche, Robert, un guapo empresario de San Francisco, de 38 anos, quería tener relaciones sexuales. Habían sido dos semanas difíciles: un inversor importante para su empresa de bebidas energéticas se había rajado, su director de marketing se había marchado con una nueva empresa rival y, esta tarde, el proveedor de su ingrediente balines secreto había amenazado con doblar su cálculo de costes.
Joanne, la esposa de Robert, no estaba ni de lejos de humor para actividad sexual. Estaba muerta. Se había pasado el día en teleconferencias con agentes gruñones de Nueva York, no había almorzado, por poco no se incrustar en la parte trasera de un Escalada cuando iba a toda prisa a recoger a sus hijos para llevarlos al entrenamiento de futbol, y aun tenía un montón de facturas atrasadas por pagar. Quería ver la reposición de 24, comerse unas galletas vanadas en chocolate e irse a la cama.
.Debería Joanne haberse acostado con Robert? Robert diría que sí. Es su esposa, por todos los santos... ese fue el contrato que firmo. .Es demasiado pedirle a su propia esposa que acepte fornicar con él, de vez en cuando, cuando el está con los nervios de punta y la última vez que lo hicieron fue hace tres semanas? .Es que no entiende que el tiene necesidades? Las amigas de Joanne, si se lo preguntaran, dirían que ni loca; no tiene que consentir cada vez que Robert llama a la puerta. No es una concubina de su harén. Tiene que fijar límites, escuchar lo que le dice su propia libido.
.Es que él no se da cuenta de que también ella ha tenido un día duro? Pero hay una tercera respuesta a esta cuestión: la respuesta del economista.
El economista le aconsejaría a Joanne que se olvidara de todos los resentimientos y dejara de llevar la cuenta, ese asunto de quien esta mas cansado y quien menos caliente, y no complicara las cosas, aplicando un análisis básico de coste-beneficio: .el coste marginal de acostarse con Robert —nueve minutos de sueño, una tercera galleta— superaría los beneficios —un orgasmo, un marido feliz, un hogar en paz?* Bienvenidos a El negocio del matrimonio: el arte de utilizar la economía para minimizar los conflictos y maximizar los beneficios en la mayor inversión de la vida: tu matrimonio.
¿Por qué economía y no, por ejemplo, aromaterapia?
Muchas personas piensan que la economía es algo aburrido, confuso y sin ninguna relación con su vida diaria. No se equivocan del todo. Por alguna razón se dice que es ≪la ciencia deprimente≫. Es cierto que, como es bien sabido, los economistas han escrito trabajos plagados de ecuaciones impenetrables, letras griegas y palabras como ≪autarky≫ (autarquía) ≪satisficing ≫ (satisfaciente) y ≪monopsony≫ (monopsonio).** Pero eso es solo para que nadie entienda lo que dicen.
En lo fundamental, la economía es mucho más sencilla. Es el estudio de como las personas, las empresas y las sociedades asignan unos recursos escasos. Que da la casualidad de que es el mismo rompecabezas que tú y tu cónyuge estáis tratando de resolver constantemente: cómo gastar vuestro limitado tiempo, energía, dinero y libido de tal forma que no perdáis la sonrisa y que vuestro matrimonio vaya de maravilla.
Piensa en ello: aquí estáis, dos adultos ambiciosos, aferrados a vuestras ideas y exhaustos, tratando de vivir juntos en la misma casa, prosperar juntos, quizá criar juntos a unos hijos y, con suerte, encontrar placer en pasar el resto de vuestros días juntos. No es fácil. A todos los efectos y propósitos, vuestro matrimonio es una empresa, una empresa que prospera en los buenos momentos, pero que, en otros, es como correr un maratón a la mañana siguiente de una noche con demasiadas copas en el cuerpo.
Más parece un trabajo.
Todo tipo de trabajo.
Esta el trabajo administrativo necesario para mantener cierta apariencia de hogar, lo cual es mucho más complicado cuando hay dos personas involucradas. Uno puede recoger todas sus cosas, por ejemplo, mientras el otro deja un rastro de corazones de manzana, camas sin hacer y ropa deportiva sudada por donde pasa. Si hay niños, entonces alguien tiene que asegurarse de que han hecho los deberes y han cenado, se han puesto el pijama y están en la cama a las siete. Y, a veces, inesperadamente, ese alguien tiene que hacerlo solo porque la otra persona ha decidido aprovechar la ≪hora feliz≫ con sus amigos del trabajo, y la hora feliz se convierte en una cena, que acaba siendo un torneo nocturno de cerveza y el juego que sea.
Esta el trabajo emocional que resulta de vivir con alguien que no eres tú y que, por lo tanto, tiene preferencias y modos de comunicarse diferentes de los tuyos. Puede que ella prefiera hablar tres días seguidos si eso es lo que se necesita para solucionar una discusión, mientras que tú preferirías llenarte los bolsillos de granito y hundirte en el mar. A el podría gustarle ir de acampada y a ti la opera y, dado que solo hay un fin de semana libre para hacer algo divertido juntos, uno de los dos cede, o los dos os quedáis en casa y veis algún programa en la tele.
Están las pequeñas cosas; la tarea de llegar a un compromiso sobre la casa perfecta, de calcular de donde recortar gastos cuando hay poco dinero, de decidir si es cruel ponerle a vuestra primera hija el nombre de la tía Angustias. Y las grandes cosas: el trabajo de ser amables el uno con el otro después de una pelea terrible cuando os dijisteis cosas mezquinas, de quedaros levantados toda la noche preocupados por si tomasteis la decisión acertada al trasladaros a la ciudad para el nuevo empleo de ella, o dejar que sea él quien castigue a los niños, elegir tus guerras, de encontraros a mitad de camino, de dejar correr las cosas.
Manejar todo este trabajo exige echar mano de esos escasos recursos de que hablábamos antes. Encontrar el tiempo, hacer acopio de energía, sentir el cariño, sopesar el precio de ser flexible y el beneficio de mantenerse firme.
Aquí es donde viene bien un poco de saber económico. Pensando como un economista, puedes tener un matrimonio que no solo exige menos trabajo, sino que parece como unas vacaciones del trabajo. El truco es a) potenciar esos preciosos recursos y b) asignarlos de forma más inteligente.
Hazlo y, antes de darte cuenta, iras de camino a un mejor rendimiento de tu matrimonio.
Creemos en la economía porque no discrimina entre sexos, entre quien ≪tiene razón≫ y quien ≪esta equivocado≫, quien se comunica mejor y quien habla peor. No te habla en tono condescendiente ni trata de psicoanalizarte.
No le importa quién gano la última pelea ni a quien le toca manejar el mando a distancia. En cambio, ofrece soluciones lógicas y desapasionadas para lo que, con frecuencia, pueden parecer disputas domesticas espinosas, ilógicas y muy emocionales.
En este libro te ensenaremos a aplicar principios económicos básicos para sacar el máximo provecho de tus recursos. Y eso significa tener más relaciones sexuales, fregar menos platos, discutir con más eficacia, tener más relaciones sexuales, sobrevivir a los anos de vacas flacas, negociar con mas éxito, tener más relaciones sexuales y, lo creas o no, lograr que tu cónyuge haga cosas que nunca ha hecho antes, como (el) limpiar las canaletas del tejado. O (ella) escuchar.
(Fragmento extraído del libro)

◘ Comprar en El jardín del libro
◘ Comprar en casa del libro
◘ Comprar en fnac
◘ Comprar en amazon España
◘ Comprar en amazon En Estados Unidos

jueves, 29 de septiembre de 2011

EL SECRETO DE LOS TUDOR


TÍTULO: EL SECRETO DE LOS TUDOR
AUTOR: C.W. Gortner
RESUMEN DEL LIBRO
En la época de los Tudor los espías, la intriga, las conspiraciones y el peligro estaban al acecho
Verano de 1553: Brendan Prescott, un huérfano criado en la casa de la poderosa familia Dudley, es llevado a la corte y enviado en una misión secreta encomendada por la brillante y enigmática hermana del rey Eduardo VI, la princesa Isabel.

Pero pronto Brendan se ve obligado a trabajar como espía doble para el protector de Isabel, William Cecil, que a cambio le promete ayudarle a desenmarañar el secreto de su misterioso pasado.
Una oscura trama gira en torno al afán de Isabel por esclarecer la verdad de la siniestra desaparición de su hermano, el rey Eduardo VI, gravemente enfermo. Con la única ayuda de un osado mozo de cuadra y de una audaz dama de honor, Brendan se sumerge en un despiadado juego de medias verdades, mentiras y asesinatos.

Con toda la intriga y la pompa de la Inglaterra de los Tudor, El secreto de los Tudor recrea este mundo desde una perspectiva nueva, a través de la historia de un espía que se convierte en el protector de la futura reina de Inglaterra.
Fuente: Suma
Como todo lo importante en la vida, mi historia empieza con un viaje, a Londres, para ser exactos. Aquella sería mi primera visita a la más fascinante y sórdida de las ciudades.
Salimos dos hombres a caballo antes de romper el alba. Nunca me había alejado más allá de Worcestershire, de manera que las órdenes con las que llegó Shelton fueron de lo más inesperado.
Apenas tuve tiempo de empaquetar mis pocas pertenencias y despedirme de los criados (incluida la dulce Annabel, que lloró como si se le rompiera el corazón) antes de salir a caballo del castillo de Dudley, donde había pasado mi vida entera, sin saber cuándo volvería, si es que lo hacía alguna vez.

Aunque mi emoción y ansiedad deberían haber bastado para mantenerme despierto, enseguida empecé a cabecear de sueño, acunado por la monotonía del paisaje rural que recorríamos y por la reconfortante cadencia del paso de mi caballo ruano, Cinnabar.
El señor Shelton me despertó de pronto.
—Brendan, chico, despierta. Ya casi hemos llegado.
Me enderecé sobre la montura. Desperezándome de la cabezada, alargué la mano para recolocarme el gorro, pero solo di con mi mata enmarañada de pelo castaño rojizo claro. Cuando había venido a buscarme, el señor Shelton ya había fruncido el ceño por lo largo que lo llevaba, mientras mascullaba que los ingleses no deberían andar por ahí sin esquilar como los franceses. Así que, ahora, seguro que no le haría ninguna gracia que hubiera perdido la gorra.
—Oh, vaya —dije mirándolo.
Me observó impasible. Una cicatriz fruncida le recorría la mejilla izquierda y le estropeaba sus duras facciones. No obstante, tampoco importaba demasiado. Archie Shelton nunca había sido un hombre apuesto. Aun así, tenía una altura imponente, montaba a lomos de su corcel con autoridad y su capa con el emblema del oso y el cayado denotaba su estatus de mayordomo de la familia Dudley. A cualquier otra persona, su mirada de granito le habría resultado inquietante; sin embargo, yo había acabado acostumbrándome a su actitud taciturna, puesto que había estado a su cuidado desde que llegó al servicio de los Dudley ocho años antes.

—Se te cayó hace una legua —dijo tendiéndome el gorro—. Desde mis años en las guerras de Escocia, no había visto a nadie dormir tan profundamente encima de un caballo. Cualquiera diría que has estado en Londres un centenar de veces antes.
Noté cierto regocijo en su reprimenda, lo que confirmó mis sospechas de que, en su fuero interno, se alegraba de ese repentino cambio de mi suerte, aunque no era propio de él discutir sus sentimientos personales sobre ninguna orden del duque o de lady Dudley.
—No puedes ir perdiendo el gorro por la corte —dijo mientras volvía a ponerme el sombrero de una palmada en la cabeza, con la mirada fija en el camino, moteado por el sol, que ascendía hacia una colina.
—Un escudero debe estar atento en todo momento a su apariencia. —Me miró—. Milord y milady esperan mucho de sus criados. Confío en que recuerdes comportarte con tus mejores modales.
—Por supuesto. —Eché los hombros hacia atrás y dije recitando en tono servil—: Siempre que sea posible, es mejor guardar silencio y no levantar la mirada cuando te hablen. Si no estás seguro de cómo dirigirte a alguien, un simple «milord» o «milady» bastará. —Hice una pausa—. ¿Veis? No lo he olvidado.
El señor Shelton respondió:
—Ya veo que no. Vas a ser escudero del hijo de Su Excelencia, lord Robert, y no quiero que desaproveches la oportunidad. ¿Quién sabe qué podría pasar si destacaras en ese puesto? Podrías llegar a chambelán o incluso a mayordomo. Todo el mundo sabe que los Dudley recompensan a quienes les sirven bien.
En cuanto pronunció esas palabras, me pregunté cómo no me había dado cuenta antes.
Desde que lady Dudley se fuera a vivir con su familia a la corte todo el año, enviaba al señor Shelton dos veces al año al castillo donde me había quedado junto a un pequeño grupo de sirvientes. Aparentemente, venía a supervisar nuestro mantenimiento, pero mientras que mis obligaciones hasta entonces se habían reducido a los establos, empezó a asignarme tareas en la casa y, por primera vez, me pagó una suma modesta. Incluso trajo a un monje local para darme clases, uno de los miles de Inglaterra que mendigaban y se ganaban la vida ofreciendo sus servicios a cambio de sustento después de que el viejo rey Enrique aboliera los monasterios.
Los sirvientes del castillo de Dudley pensaban que el mayordomo de milady era un hombre estirado, frío y solitario, puesto que no se había casado nunca y no tenía hijos; no obstante, conmigo había mostrado una bondad inesperada. Ahora sabía por qué.
(Fragmento extraído del libro)

◘ Comprar en casa del libro
◘ Comprar en fnac
◘ Comprar en El Cortés Inglés
◘ Comprar en amazon España

domingo, 25 de septiembre de 2011

EL BOLÍGRAFO DE GEL VERDE


TÍTULO: EL BOLÍGRAFO DE GEL VERDE
AUTOR: Eloy Moreno
RESUMEN DEL LIBRO
¿Puede alguien vivir en 445 m2 durante el resto de su vida?
Seguramente sí, seguramente usted conoce a mucha gente así. Personas que se desplazan por una celda sin estar presas; que se levantan cada día sabiendo que todo va a ser igual que ayer, igual que mañana; personas que a pesar de estar vivas se sienten muertas.

Ésta es la historia de un hombre que fue capaz de hacer realidad lo que cada noche imaginaba bajo las sábanas: empezarlo todo de nuevo. Lo hizo, pero pagó un precio demasiado alto. Pero si de verdad usted quiere saber cuál es el argumento de esta novela, mire su muñeca izquierda; ahí está todo.

Esta novela no ha sido galardonada con ningún conocido premio literario; ni siquiera con uno desconocido.
Fuente: planetadelibros

◘ Comprar en casa del libro
◘ Comprar en fnac
◘ Comprar en El Cortés Inglés
◘ Comprar en amazon en España

viernes, 23 de septiembre de 2011

LA REINA COMUNERA


TÍTULO: LA REINA COMUNERA
(Juana la Loca y la revuelta de los comuneros: la historia que pudo ser)
AUTOR: José García Abad
RESUMEN DEL LIBRO
Las ciudades castellanas se han levantado en armas contra el rey Carlos I con el grito de: «¡Comunidad. Viva el pueblo y abajo el mal gobierno!». Reprochan al joven monarca, que no se ha molestado en aprender una palabra del idioma de sus súbditos, la entrega de los cargos y sinecuras del reino a un grupito de cortesanos flamencos que se llevan a manos llenas los dineros castellanos a Flandes y que gobiernan de forma despótica sin respetar las costumbres y viejas leyes del país.

Los alzados niegan a don Carlos al estimar que la reina legítima es Juana I de Castilla, mal llamada La Loca, quien nunca fue inhabilitada por las Cortes. Pero el movimiento comunero se irá radicalizando a lo largo de la contienda exigiendo que el pueblo participe en el gobierno.

En este ambiente, dos cronistas independientes, Jaime de Garcillán y Alonso de Torrelaguna ―protagonistas también de la novela Sobra un rey―, se involucran en la causa comunera y reciben una delicada misión llena de peligros: entrar subrepticiamente en el palacio de Tordesillas donde está encerrada doña Juana para conseguir el apoyo de esta. Si la reina firma, el reinado de su hijo Carlos se habrá terminado.

La novela narra los avatares de la relación de los revolucionarios con doña Juana, así como los intentos de los agentes de don Carlos para abortar esta operación. José García Abad cuenta con emoción, realismo y absoluto respeto a los acontecimientos los hechos de guerra que se produjeron y las traiciones y disensiones internas que llevaron a los dirigentes de la Comunidad al patíbulo.
Fuente: La esfera de los libros

La reina no se rinde

Pliego redactado por Jaime de Garcillán de acuerdo con el testimonio confidencial de fray Juan de Ávila, capellán de la reina.

Supongo, alteza, que sin nada en el estómago habréis dormido como una niña buena. El ayuno es muy sano.

—¡Mala pécora! —Palos con gusto no duelen: os negasteis a cenar; es vuestro real derecho… —Me negué a tragar porquería, o es que no sabes que conozco vuestras tretas, maldito engendro del demonio.

—Ahora toca lo de que me mandaréis ahorcar. —La mujer acompañó sus palabras con una risotada—. Pero ahora yo soy quien manda, vuestra reina, la reina Renata, la que puede aliviar vuestros pesares o hacer que deseéis el infierno. Ayer os di una buena lección, ¿lo recordáis o necesitáis un nuevo repaso?

—Escupís en mi comida y hacéis otras marranadas para quedaros con todo; ladrona, canalla. La horca, dices, te aseguro que lo que te espera es mucho peor; te arrastrarás para pedirme la muerte por caridad.

—No debéis perder la calma, señora, que no es propio de una reina. —Una carcajada subrayó la frase que Renata había pronunciado imitando el tono sosegado del que se valía el marqués de Denia, gobernador del palacio, el carcelero de Juana I, reina propietaria de Castilla, en cuyo nombre se firmaban las leyes que regían en medio mundo—. Vuestra alteza manda y decide: o se come lo que con tanto esmero le prepara Concepción o ayuna en buena hora. Vuestra alteza, aunque esté como un cencerro, comprenderá que es mejor comer lo que se os pone en la mesa que rechazarlo. Vuestra alteza no ignora que se le ofrecerá el mismo manjar en el almuerzo, en la cena y al día siguiente en el almuerzo y en la cena.

—Antes moriré de hambre, víbora.

—Yo me ocuparé de que comáis y de que viváis muchos años, que de vuestra vida depende mi condumio y el de las otras mujeres que con tanta devoción os sirven.

La comida presupuestada para la reina era abundante, sabrosa y de la mejor calidad: tres cuartos de carnero o un guiso de carne de vaca o dos gallinas cocidas o asadas, medio cabrito, dos pollos o un capón, torreznos de tocino, longanizas al estilo de Flandes, que allí llaman salchichas, además de frutas y verduras.

Estaba estipulado que lo que la reina no comiese se repartiese entre el servicio, por lo que las quince mujeres que la atendían con mayor proximidad a ella recurrían a todos los medios que les sugería su malvado ingenio para que Juana comiera poco. No era tarea difícil, pues la reina renunciaba casi siempre a su almuerzo y se conformaba con pan, queso y vino.

—Vuestra vida es sagrada, alteza —insistió Renata con recochineo—, es un precioso tesoro y donde está el tesoro está el corazón y el alma toda. Alteza, habéis cumplido ya los cuarenta y en el otoño cumpliréis los cuarenta y uno, si Dios quiere, seis más que los míos, pero os comportáis como una niña, y a los niños hay que tratarlos con mano dura por su bien, porque no saben lo que se hacen y no entienden más que la ley del bofetón y del látigo. Hoy es domingo, así que nos lavaremos de arriba abajo, nos peinaremos con esmero, nos perfumaremos, nos vestiremos con decoro y cumpliremos con Dios.

—Cuando Dios cumpla conmigo —murmuró la reina con incontenible resentimiento.

—¿Qué murmuráis? ¿Ya estáis con vuestras blasfemias luteranas?

—Digo que no hay misa que valga, ni Dios bendito, ni santas hostias; que no puede haber un Dios que permita tamaña tropelía, ni que prosperen semejantes villanos. No me pondrás tus sucias manos encima; ni tú ni tus asquerosas rameras; ni me lavaréis, ni me vestiréis, ni comeré más basura. —Las últimas palabras se las tragó un llanto apenas audible, desesperado y ajeno a toda resignación.

—Vos lo habéis querido, blasfema.

Renata tocó una campanilla y acudieron tres mujeres de su ejército —Ana, María y Mercedes—, las más vigorosas de su tropa. Sin pronunciar palabra pero con una perfecta combinación de movimientos, inmovilizaron a la reina que había cesado en su llanto concentrando todas sus fuerzas en zafarse de las cuatro arpías, un empeño valeroso, pero que tuvo el final previsible por la desigualdad de fuerzas, una mujer flaca aunque con mucho nervio y sobrado valor contra cuatro mozas que conocían su oficio a la perfección.

La despojaron de la ropa de cama en un amén Jesús; Ana por los hombros y María por los pies la metieron en el baño como quien juega a la comba, haciendo caso omiso de sus gritos e indiferentes a los destellos de odio que lanzaban sus hermosos ojos verdes; Renata la roció con un perfume de violetas y entre las otras tres la calaron calzones, corpiño y camisón con destreza impecable y la metieron en un vestido negro con puntadas de oro que Juana adoraba porque producía un gran efecto sobre su querido Felipe, el Hermoso infiel. Ana y Mercedes la llevaron en volandas ante el espejo y confiaron la presa a Renata, que aferró los reales brazos con sus dedos de hierro.

—Ahora sí parecéis una verdadera reina; ya estáis en condiciones de oír la santa misa y de recibir el sagrado cuerpo de Cristo con decencia —dijo Renata, orgullosa de su obra, y mandó a Mercedes que me avisara de que la reina escucharía la santa misa con la devoción debida.

Renata le leyó la cartilla con el más severo de sus ademanes, el que reservaba para las grandes admoniciones, con santa ira.

—Oiréis la santa misa con recogimiento, confesaréis vuestros pecados, los de soberbia, pereza y odio y, sobre todo, los que cometéis contra el Espíritu Santo con vuestras herejías. Y cuando hayáis hecho acto de contrición y propósito de la enmienda, el buen padre fray Juan os dará la absolución y recibiréis devotamente el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, que, infinitamente misericordioso, perdonará vuestras ofensas… Después tomaréis, como una muchacha obediente, una cucharadita de la olla podrida que rechazasteis ayer, solo una cucharadita que pruebe vuestro arrepentimiento, y, enseguida, Concepción os preparará un chocolate bien caliente y unos buñuelos con los que os chuparéis vuestros delicados dedos. ¿No os parece maravilloso?

—Solo iré a misa, puerca engreída, en el convento de Santa Clara, con la infanta, mi hija, donde reposa en paz mi querido esposo. ¡Cómo le envidio, señor!

—Ya os ha dicho el marqués que no iréis al convento ni podréis mirar desde la ventana donde tiene su última morada don Felipe, que en paz descanse, mientras no os sometáis a las normas. —Renata extremó su exhibición de paciencia como quien reclama compasión al tener que tratar a una chica caprichosa y alocada—. Y recordad que si no se os permite asoma-ros a la iglesia de San Antolín es por vuestra culpa, por el escándalo que armasteis desde el corredor, gritando que estabais encerrada contra vuestra voluntad y que os infligían tormento. Bastante han hecho los señores marqueses accediendo bondadosamente, con más frecuencia de lo que debieran, a vuestro capricho de que la santa misa no se oficiara en la capilla, como es menester, sino en el corredor, junto a vuestra cámara, que con tal de que cumpláis con Dios estamos dispuestos a complaceros en lo que podamos. ¿Queréis que pida al marqués que la celebremos hoy aquí en lugar de en la capilla, como ha dispuesto fray Juan?

—Si quieren que vaya a misa, tendrá que ser en Santa Clara —insistió Juana.

—Sabéis, señora, que eso es imposible —imploró la cancerbera, para enseguida recuperar su habitual registro despótico—. La reina —ordenó fríamente— asistirá a la santa misa en la capilla de palacio, tal como manda Jesucristo Nuestro Señor; y como desean don Fernando, su augusto padre, y el rey Carlos, que lo es por la gracia de Dios.

Renata apelaba al Rey Católico ocultando a la reina que su padre había muerto hacía ya cuatro años y medio a conciencia de que era la autoridad más respetada por Juana.

—Solo ellos —remachó Renata—, su augusto padre y su cesáreo hijo, pueden autorizarnos a que su alteza salga de palacio, y ellos no dejarán que su alteza lo abandone hasta que el marqués y yo aseguremos que su alteza está en condiciones de hacerlo. Su sacra cesárea majestad católica, el emperador, insiste en que su alteza no salga de palacio ni hable con nadie de fuera, y así se hará. Le advierto señora que su alteza real don Fernando y su cesárea majestad católica serán informados puntualmente de su incalificable comportamiento.

Y acto seguido las cuatro mujeres llevaron en volandas a la reina hasta la puerta de la capilla y la depositaron frente a la marquesa de Denia. Esta hizo una inclinación ante la reina y la invitó dulcemente a entrar en la sala.

—Señora, espero que os encontréis bien esta maravillosa mañana. Ya sabéis que el marqués y yo estamos aquí para serviros y velar por vuestra salud y felicidad.

—Mentís, ladrona, que bien sé que abusáis de vuestro cometido robándome, que os estáis quedando con mis joyas más preciadas, con mis paños más hermosos y hasta con mis recuerdos más queridos... Mi hijo, pécora ladina, no haría nada contra su querida madre, la reina propietaria, a quien debéis respeto y obediencia. La prueba de que él es ajeno al trato deshonroso al que me sometéis, malditos parásitos saca-sangres, despreciables avaros, es que no me dejáis que escriba a mi querido hijo; que me habéis retirado el recado de escribir.

—Todo lo hacemos por vuestra salud, alteza. No es bueno que os alteréis contando lo que vuestra calenturienta imaginación da por cierto, que solo serviría para turbar a don Carlos, que bastantes quebraderos de cabeza sufre.

Doña Francisca había hablado con palabras dulces y tono sereno, pero sus ojos expresaban ira y promesa de venganza. No dejaría impune semejante humillación como pronto comprobaría aquella piltrafa humana, sucia, herética y blasfema, un alma del demonio. Doña Francisca Enríquez, marquesa de Denia, respiró hondo y pareció que contaba hasta diez o que rezaba una jaculatoria antes de emitir su dictamen.

—¡Renata! —ordenó modulando la voz—. Cierra la puerta. —Luego se dirigió a mí—: Padre, dad comienzo al Santo Sacrificio, que la reina no saldrá de aquí hasta el Ite missa est.

Me dirigí al altar, pesaroso, sintiendo que ardía mi cara de vergüenza; miré a la reina en un gesto de simpatía impotente, pero, la verdad, no me atreví a contrariar la orden de la marquesa. Creo tener fama, inmerecida o excedida, de sabio y santo, y me consta que el emperador me aprecia y confía en mi buena mano para que la reina vuelva a la piedad, pero no ignoro que don Carlos daría la máxima credibilidad a los marqueses y —confieso mi humana vanidad— no deseaba arriesgar el alto puesto que ostentaba, nada menos que capellán de la real casa de doña Juana.

Esta, aparentemente resignada, con la cabeza gacha y a pequeños pasos, entró, devota, en la capilla, y se adelantó hacia mí, que iba revestido de la casulla blanca y oro de las grandes ceremonias, mientras los marqueses y su hijo varón se situaban al lado del altar con ademán de circunstancias. El marqués, en la actitud solemne de quien cumple a rajatabla el penoso cometido real de guardián de la madre del emperador; la reina presa; y la marquesa con mirada resabiada de quien espera alguna trastada de la real prisionera.

Detrás aparecían, como formando la guardia de los marqueses, las dueñas de acompañamiento de la reina, todas familiares de aquellos: las hermanas del marqués, Ana Enríquez de Rojas y Magdalena de Rojas, condesa de Castro, sus hijas Francisca de Rojas, condesa de Paredes, y Margarita de Rojas; y doña Isabel de Borja, esposa del conde de Borja, su nuera.

—Señora, beso vuestras manos —susurré, rodilla al suelo—. Es un honor oficiar la santa misa en presencia de vuestra alteza. Cuando gustéis, señora.

En aquel momento, Juana levantó desafiante la cara que enrojecía por momentos y, profiriendo las palabras con esfuerzo en forcejeo con la ira que amenazaba con enmudecerla, me respondió mirando feroz a la trinidad de marqueses —padre, esposa e hijo—, como si intentara aniquilarlos al pie del altar:

—La reina no escuchará la santa misa con sus carceleros. La soberana de Castilla, de Aragón y de las tierras de la mar océana solo asistirá al Sagrado Sacrificio con las hermanas en Santa Clara.

Entonces fue cuando se organizó el espectáculo.

—Se acabó el Santo Sacrificio… Me tendríais que atar delante del cuerpo de Cristo y de su ministrillo —gritó Juana.
Y sin mediar más palabras, pero sí lágrimas de rabia, se despojó del vestido negro y oro y se lo tiró a la cara a la marquesa. A continuación, se desprendió del corpiño y lo lanzó contra mí, que apenas pude esquivarlo; lo recogí del suelo y me quedé pasmado sin saber que hacer con la íntima pieza.

Los presentes estaban paralizados por la sorpresa y no pudieron impedir que la reina lanzara sus calzones a la cara del marqués, quien los tiró al suelo con rabia. La marquesa pidió entonces a su esposo, don Bernardo de Sandoval y Rojas, y a su hijo don Luis, el Marquesito, que abandonaran la capilla, lo que ambos hicieron adoptando los aires más dignos que pudieron componer. Ambos sabían que doña Fernanda haría lo que tenía que hacer en aquellas circunstancias, ante la mayor rebeldía que habían conocido en los dos años largos que ejercían de gobernadores de la real casa.

Renata se había lanzado sobre la reina impidiendo que consumara la flaca desnudez total a la vista de Cristo Nuestro Señor, de su ministro en la tierra y de las ilustres damas. La marquesa se acercó despacio, muy despacio, cada paso una amenaza, hasta Juana y le dio una bofetada que la hubiera tirado al sagrado suelo si no la retuviera la robusta Renata.

—Enciérrala en el cuarto oscuro, y que no hable con nadie esta poseída por el demonio. Dadle pan y agua y que grite, blasfeme y se desnude cuanto quiera.
Juana salió aferrada por los garfios de Renata, pero con la cabeza muy alta y soberbia risotada. No les iba a ser fácil dominarla. Se reía recordando el espectáculo, dando gracias a Dios de que su hija, la infanta Catalina, la hija póstuma de su esposo, oyera misa en el vecino convento de las clarisas. Catalina era su único consuelo y nunca haría nada que turbara a la infanta, toda una damita a sus trece años, llena de gracia y hermosura.
(Fragmento extraído del libro)

◘ Comprar en fnac
◘ Comprar en amazon España

miércoles, 21 de septiembre de 2011

ALEPH


TÍTULO: ALEPH
AUTOR: Paulo Coelho
RESUMEN DEL LIBRO
Decidir. Cambiar. Estar. Ser. Reinventarse. Caminar. Hacer. Levantarse. Experimentar. Conseguir. Desafiar. Soñar. Vencer. Descubrir. Reivindicar. Comprometerse. Pensar. Creer. Potenciar. Preguntar. Crecer. Pertenecer. Despertar.

Aleph, la nueva obra de Paulo Coelho, nos invita a pasar a la acción. Porque llega un momento en el que sentimos la necesidad de plantearnos cómo vivimos nuestra vida, si estamos donde queremos estar y hacemos lo que queremos hacer.
Hay libros que se leen. Aleph se vive.
Fuente: planetadelibros

◘ Comprar en casa del libro
◘ Comprar en fnac
◘ Comprar en amazon España o la versión española en amazon Estados Unidos

TIENDAS ONLINE

◘ Libros en Casa del libro

◘ Libros en Amazon en inglés
◘ Libros en amazon España
◘ Libros en Amazon EEUU en español

ARCHIVO DE TÍTULOS

AUTORES